El 13 de septiembre de 1598 moría en El Escorial Su Majestad Católica Don Felipe de Austria y Portugal, por la gracia de Dios Rey de Castilla, de León, de Aragón, de Navarra, de Portugal, de Nápoles, de Sicilia, de Cerdeña, de Jerusalén, de Hungría, de Dalmacia, de Croacia, de Granada, de Valencia, de Toledo, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarves, de Algeciras, de Gibraltar, de las Islas Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales, de las Islas y Tierra Firme del Mar Océano; Archiduque de Austria; Duque de Borgoña, de Milán, de Brabante, de Lotaringia, de Limburgo, de Luxemburgo, de Güeldres, de Atenas y Neopatria; Conde de Habsburgo, de Flandes, del Tirol, de Artois, Palatino de Borgoña, de Henao, de Holanda, de Zelanda, de Namur, de Zutphen, de Barcelona, del Rosellón, de la Cerdaña, de Gociano; Príncipe de Suabia; Margrave del Sacro Imperio Romano; Marqués de Oristán; Señor de Vizcaya y de Molina, de Frisia, Salins, Malinas, y de las ciudades, pueblos y tierras de Utrecht, Overijssel y Groninga; Dominador en Asia y África; Rey consorte de Inglaterra, Francia e Irlanda.

Fue Don Felipe II de Castilla y Aragón, I de Portugal, IV de Navarra y V de Borgoña, devoto y piadoso, culto y refinado, justo y concienzudo; padre de sus súbditos, protector de las artes, las letras y las industrias, defensor y reformador de la Iglesia, azote de herejes y mahometanos. Quizá el más grande rey de la historia de la Cristiandad. Había nacido en Valladolid el 21 de mayo de 1527. Le sucedió su hijo Don Felipe III de Austria y Austria.